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Archive for the ‘psicoanálisis’ Category

La impaciencia de Lacan cortaba el apetito de los más hambrientos, que rápidamente se ponían a trabajar para este amo que sabía que iba a morir y que les enseñaba que no había que perder tiempo… Lacan no se sacrificaba por nadie… Ciertamente, pedía mucho, no aceptaba de buena gana que la respuesta del otro fuera un no, ignoraba las conveniencias cuando su deseo estaba comprometido –pero ¡qué alivio tratar finalmente con alguien que sabía y que decía lo que quería, y que quería lo que deseaba, sin esas vacilaciones, esos arrepentimientos, esos enredos del deseo que arruinan la vida!

Encontré un texto que esta muy bueno, se los recomiendo, está en la siguiente dirección: http://www.nodulo.org/ec/2005/n041p17.htm

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… No, yo no soy una histérica XD.

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Principios de la AMP

Hace mucho tiempo que no escribía, no tengo mucho tiempo la verdad, pronto me pondré al día con los comentarios que me han dejado y volveré a visitar blogs que me son interesante, como el de Aquileana y algunos más …

Compartiré con ustedes los principios rectores del acto analítico de la Asociación Mundial de Psicoanálisis, ¡adiós!, hasta que me desocupe 😛

Primer principio: El psicoanálisis es una práctica de la palabra. Los dos participantes son el analista y el analizante, reunidos en presencia en la misma sesión psicoanalítica. El analizante habla de lo que le trae, su sufrimiento, su síntoma. Este síntoma está articulado a la materialidad del inconsciente; está hecho de cosas dichas al sujeto que le hicieron mal y de cosas imposibles de decir que le hacen sufrir. El analista puntúa los decires del analizante y le permite componer el tejido de su inconsciente. Los poderes del lenguaje y los efectos de verdad que este permite, lo que se llama la interpretación, constituyen el poder mismo del inconsciente. La interpretación se manifiesta tanto del lado del psicoanalizante como del lado del psicoanalista. Sin embargo, el uno y el otro no tienen la misma relación con el inconsciente pues uno ya hizo la experiencia hasta su término y el otro no.

Segundo principio: La sesión psicoanalítica es un lugar donde pueden aflojarse las identificaciones más estables, a las cuales el sujeto está fijado. El psicoanalista autoriza a tomar distancia de los hábitos, de las normas, de las reglas a las que el psicoanalizante se somete fuera de la sesión. Autoriza también un cuestionamiento radical de los fundamentos de la identidad de cada uno. Puede atemperar la radicalidad de este cuestionamiento teniendo en cuenta la particularidad clínica del sujeto que se dirige a él. No tiene en cuenta nada más. Esto es lo que define la particularidad del lugar del psicoanalista, aquel que sostiene el cuestionamiento, la abertura, el enigma, en el sujeto que viene a su encuentro. Por lo tanto, el psicoanalista no se identifica con ninguno de los roles que quiere hacerle jugar su interlocutor, ni a ningún magisterio o ideal presente en la civilización. En ese sentido, el analista es aquel que no es asignable a ningún lugar que no sea el de la pregunta sobre el deseo.

Tercer principio: El analizante se dirige al analista. Pone en el analista sentimientos, creencias, expectativas en respuesta a lo que él dice, y desea actuar sobre las creencias y expectativas que él mismo anticipa. El desciframiento del sentido no es lo único que está en juego en los intercambios entre analizante y analista. Está también el objetivo de aquel que habla. Se trata de recuperar junto a ese interlocutor algo perdido. Esta recuperación del objeto es la llave del mito freudiano de la pulsión. Es ella la que funda la transferencia que anuda a los dos participantes. La formula de Lacan según la cual el sujeto recibe del Otro su propio mensaje invertido incluye tanto el desciframiento como la voluntad de actuar sobre aquel a quien uno se dirige. En última instancia, cuando el analizante habla, quiere encontrar en el Otro, más allá del sentido de lo que dice, a la pareja de sus expectativas, de sus creencias y deseos. Su objetivo es encontrar a la pareja de su fantasma. El psicoanalista, aclarado por la experiencia analítica sobre la naturaleza de su propio fantasma, lo tiene en cuenta y se abstiene de actuar en nombre de ese fantasma.

Cuarto principio: El lazo de la transferencia supone un lugar, el “lugar del Otro”, como dice Lacan, que no está regulado por ningún otro particular. Este lugar es aquel donde el inconsciente puede manifestarse en el decir con la mayor libertad y, por lo tanto, donde aparecen los engaños y las dificultades. Es también el lugar donde las figuras de la pareja del fantasma pueden desplegarse por medio de los más complejos juegos de espejos. Por ello, la sesión analítica no soporta ni un tercero ni su mirada desde el exterior del proceso mismo que está en juego. El tercero queda reducido a ese lugar del Otro.
Este principio excluye, por lo tanto, la intervención de terceros autoritarios que quieran asignar un lugar a cada uno y un objetivo previamente establecido del tratamiento psicoanalítico. El tercero evaluador se inscribe en esta serie de los terceros, cuya autoridad sólo se afirma por fuera de lo que está en juego entre el analizante, el analista y el inconsciente.

Quinto principio: No existe una cura estándar ni un protocolo general que regiría la cura psicoanalítica. Freud tomó la metáfora del ajedrez para indicar que sólo había reglas o para el inicio o para el final de la partida. Ciertamente, después de Freud, los algoritmos que permiten formalizar el ajedrez han acrecentado su poder. Ligados al poder del cálculo del ordenador, ahora permiten a una máquina ganar a un jugador humano. Pero esto no cambia el hecho de que el psicoanálisis, al contrario que el ajedrez, no puede presentarse bajo la forma algorítmica. Esto lo vemos en Freud mismo que transmitió el psicoanálisis con la ayuda de casos particulares: El Hombre de las ratas, Dora, el pequeño Hans, etc. A partir del Hombre de los lobos, el relato de la cura entró en crisis. Freud ya no podía sostener en la unidad de un relato la complejidad de los procesos en juego. Lejos de poder reducirse a un protocolo técnico, la experiencia del psicoanálisis sólo tiene una regularidad, la de la originalidad del escenario en el cual se manifiesta la singularidad subjetiva. Por lo tanto, el psicoanálisis no es una técnica, sino un discurso que anima a cada uno a producir su singularidad, su excepción.

Sexto principio: La duración de la cura y el desarrollo de las sesiones no pueden ser estandarizadas. Las curas de Freud tuvieron duraciones muy variables. Hubo curas de sólo una sesión, como el psicoanálisis de Gustav Mahler. También hubo curas de cuatro meses como la del pequeño Hans o de un año como la del Hombre de las ratas y también de varios años como la del Hombre de los lobos. Después, la distancia y la diversificación no han cesado de aumentar. Además, la aplicación del psicoanálisis más allá de la consulta privada, en los dispositivos de atención, ha contribuido a la variedad en la duración de la cura psicoanalítica. La variedad de casos clínicos y de edades en las que el psicoanálisis ha sido aplicado permite considerar que ahora, en el mejor de los casos, la duración de la cura se define “a medida”. Una cura se prolonga hasta que el analizante esté lo suficientemente satisfecho de la experiencia que ha hecho como para dejar al analista. Lo que se persigue no es la aplicación de una norma sino al acuerdo del sujeto consigo mismo.

Séptimo principio: El psicoanálisis no puede determinar su objetivo y su fin en términos de adaptación de la singularidad del sujeto a normas, a reglas, a determinaciones estandarizadas de la realidad. El descubrimiento del psicoanálisis es, en primer lugar, el de la impotencia del sujeto para llegar a la plena satisfacción sexual. Esta impotencia es designada con el término de castración. Más allá de esto, el psicoanálisis con Lacan, formula la imposibilidad de que exista una norma de la relación entre los sexos. Si no hay satisfacción plena y si no existe una norma, le queda a cada uno inventar una solución particular que se apoya en su síntoma. La solución de cada uno puede ser más o menos típica, puede estar más o menos sostenida en la tradición y en las reglas comunes. Sin embargo, puede también remitir a la ruptura o a una cierta clandestinidad. Todo esto no quita que, en el fondo, la relación entre los sexos no tiene una solución que pueda ser “para todos”. En ese sentido, está marcada por el sello de lo incurable, y siempre se mostrará defectuosa.
El sexo, en el ser hablante, remite al “no todo”.

Octavo principio: La formación del psicoanalista no puede reducirse a las normas de formación de la universidad o a las de la evaluación de lo adquirido por la práctica. La formación analítica, desde que fue establecida como discurso, reposa en un trípode: seminarios de formación teórica (para-universitarios), la prosecución por el candidato psicoanalista de un psicoanálisis hasta el final (de ahí los efectos de formación), la transmisión pragmática de la práctica en las supervisiones (conversaciones entre pares sobre la práctica) Durante un tiempo, Freud creyó que era posible determinar una identidad del psicoanalista. El éxito mismo del psicoanálisis, su internacionalización, las múltiples generaciones que se han ido sucediendo desde hace un siglo, han mostrado que esa definición de una identidad del psicoanalista era una ilusión. La definición del psicoanalista incluye la variación de esta identidad. La definición es la variación misma. La definición del psicoanalista no es un ideal, incluye la historia misma del psicoanálisis y de lo que se ha llamado psicoanalista en distintos contextos de discurso.

La nominación del psicoanalista incluye componentes contradictorios. Hace falta una formación académica, universitaria o equivalente, que conlleva el cotejo general de los grados. Hace falta una experiencia clínica que se trasmite en su particularidad bajo el control de los pares. Hace falta la experiencia radicalmente singular de la cura. Los niveles de lo general, de lo particular y de lo singular son heterogéneos. La historia del movimiento psicoanalítico es la de las discordias y la de las interpretaciones de esa heterogeneidad. Forma parte, ella también, de la gran Conversación del psicoanálisis, que permite decir quién es psicoanalista. Este decir se efectúa en procedimientos que tienen lugar en esas comunidades que son las instituciones analíticas. El psicoanalista nunca está solo, sino que depende, como en el chiste, de un Otro que le reconozca. Este Otro no puede reducirse a un Otro normativizado, autoritario, reglamentario, estandarizado. El psicoanalista es aquel que afirma haber obtenido de la experiencia aquello que podía esperar de ella y, por lo tanto, afirma haber franqueado un “pase”, como lo nombró Lacan. El “pase” testimonia del franqueamiento de sus impases. La interlocución con la cual quiere obtener el acuerdo sobre ese atravesamiento, se hace en dispositivos institucionales. Más profundamente, ella se inscribe en la gran Conversación del psicoanálisis con la civilización. El psicoanalista no es autista. El psicoanalista no cesa de dirigirse al interlocutor benevolente, a la opinión ilustrada, a la que anhela conmover y tocar en favor de la causa analítica.

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Comunicación

Citas del Ficcionario:

“La comunicación que hoy se ensalza es apenas otro nombre de la obediencia”

“… Es decir; guardando silencio y escuchando, renunciando al estruendo ensordecedor de las consignas repetidas para llenar con paja las molleras de los hombres huecos”

“La imposición de un mensaje, de una enseñanza, incluso de un consejo o recomendación, no es comunicación; es sugestión o, más claramente, violación.”

Nestor Braunstein.

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O_o

Tengo frente a mi el “ficcionario de psicoanálisis” y me da pena saber que lo tengo que devolver … lo hojeo y veo muchos papelitos amarillos pegados en el y me digo “bueno, pero no sacas nada con dejarlos ahí ya que lo devolverás” … XD

Creo que escribir en otros lugares lo que he dejado ahí marcado es una buena idea.

Del Silencio:

“Cuando se habla con alguien que calla y manifiesta su deseo de escuchar; el sujeto se desdobla: mientras dice se escucha a sí mismo con el oído del otro, se oye a sí mismo desde afuera. “El que escribe nunca está solo” … tampoco el que sabe estar callado.”

“La verdad, sonora y elocuente, se abre paso calladamente, sin estrépito (San Agustín); está ahí, esperando tan sólo que no se haga violencia para reprimirla, que se deje de sofocarla con la mordaza echa de palabras que es el discurso del orden, es decir, el discurso del amo y el del profesor.”

“Vivimos en medio de la guerra de la guerra de los discursos. Hay que “tener razón” a costa del otro.”

“… Y diría más: que el silencio es su manera (la del psicoanalista) de oponerse al lenguaje, en tanto que transmisor de un saber convencional, para que aparezca otro lenguaje, el de la verdad reprimida. El silencio no es el tiempo muerto en el ejercicio de la palabra: es el puente que permite pasar de una palabra a la otra, es el espacio de la reflexión, es la fuerza dinámica que entrega su fuerza a la significación. Ningún sonido sería pleno sin la envoltura del silencio. Digamos que quienes mejor saben de esto son los músicos.”

N. Braunstein

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Encontré un texto de Fernando González, llamado “La representación de la pureza y su cruce con la perversión”, me interesó el titulo y comencé a leerlo, fue una sorpresa darme cuenta de que se trataba de Marcial Maciel, el fundador de los legionarios de Cristo que murió hace poco con acusaciones de abusos sexuales por parte de seminaristas a cuestas … como suele ocurrir en estos casos, en donde alguien “importante” en la iglesia católica es acusado de abusos sexuales, murió sin ser condenado.

les dejo un fragmento del texto:

Como ya mencioné, en el relato evangélico de la anunciación se encuentra una matriz paradigmática de la disociación entre sexualidad y virginidad; entre placer y seducción e inconsciencia; entre fidelidad e infidelidad, y entre el silencio consentido del esposo de María para que la infidelidad de ésta no manche el origen del futuro redentor, y el acto arbitrario de un dios que irrumpe sin tener consideración con la pareja. En la complicidad entre José, su dios y María, y en la imagen de un dios que actúa discrecionalmente, podemos encontrar, sobre todo, una inspiración para reflexionar sobre el pacto de secreto entre los implicados y el lugar privilegiado que ocupa el fundador de los Legionarios de Cristo.

Vistos los testimonios desde fuera y desde la no participación en la suma de supuestos que he descrito, la táctica seductora de Maciel resulta entre patética y grotesca. Sin embargo, intentando entender el clima institucional y subjetivo de los implicados, respecto a los hechos ocurridos en la congregación de los Legionarios, y sobre todo el personaje de Maciel, se puede observar que en las seducciones se condensan, de manera inextricable, elementos extremamente contradictorios. Elementos tales como el sacerdote sacralizado y sostenido en un discurso de la pureza a ultranza, y el individuo sexualmente perverso que hábilmente entrelaza el discurso de la castidad con el de su excepcionalidad, que termina disolviendo las fronteras entre lo que primero exalta y lo otro que lo trastoca y lo mina, y con un pacto de silencio sobre el hecho asimétricamente compartido.

AQUÍ se encuentra el texto completo.

 

 

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Ficcionario

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“¿Y si todo nuestro mundo se derrumbase en el momento de quitarle su soporte ficcional?”

N. Braunstein

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